Aseguran que participar de la oración y recibir la bendición les reveló la existencia de dios y con ello, la posibilidad de modificar estados de salud y de ánimo y también, las formas de relacionarse con los demás. Historias de personas que estaban a oscuras y recobraron sus tonos más brillantes
La historia que compartió Rubén F. da cuenta de modificaciones notables en su calidad de vida desde que inició junto a su pareja los rituales de oración. “Mi hijo más grande se autolastimaba y no sabíamos el por qué. Fuimos a psicólogos que nos decían que estaba todo bien pero no era así, al decirle ante algunas cosas que quería «no» o frustraciones que sufría en la escuela, se rasguñaba y se pegaba”, comentó y agregó que el niño aseguraba tener un amigo imaginario que le ordenaba hacer eso.
“Cuando empezamos a ir a la iglesia, recibimos la bendición cada martes, nos cambió la vida y mi hijo mejoró. No se lastimaba más y ese amigo imaginario desapareció”, destacó. Sin embargo, no era lo único que sucedía: “Yo sufro ataques de pánico y estaba en un estado depresivo sin ganas de nada, no quería salir a ningún lado, con mi pareja vivíamos discutiendo y no estábamos muy bien económicamente. Donde estamos viviendo que en realidad alquilamos estaba todo patas para arriba, era un desastre”, detalló.
Rubén advirtió que su perspectiva se fue transformando a medida que pasaban los martes. “Nunca me voy a olvidar cuando entré a la iglesia, la prédica de Fabricio (esposo de Leda, quien brinda una charla reflexiva antes de la oración cantada) nos había llegado al corazón. Después llegó Leda, se sentó, saludó y empezó a cantar. Cerré mis ojos y sentía que cantaba un ángel. Tenía la piel de gallina, mi cuerpo empezó a sentir un fuego inmenso que me corría desde arriba hacia los pies. Era el espíritu santo, mis ojos no paraban de llorar y sentía que cada palabra suya era para mí. Me alivió bastante recibir su bendición”, recordó.
Después, vino el casamiento del que Leda y un miembro de la comunidad fueron los padrinos. “De ahí en más nuestras vidas están cambiando día a día. Yo deje de fumar ya hace 11 meses, hago algunas changas porque trabajo fijo no tengo. Mi señora trabaja 4 veces por semana. Conocimos muchos hermanos y sentir esa calidez no tiene comparación con nada. Cada martes, nos vamos con mucha fuerza, volvemos a casa con mucha paz”, celebró.
Julieta tiene fe de que va a mejorarse. Le diagnosticaron un tumor en el riñón y debe ser operada, pero la asistencia a la catedral los días martes, la cargaron de optimismo sobre su recuperación. Contó que su madre había fallecido el año anterior, y en medio de la bendición de Leda sintió su presencia lo cual la reconfortó. “Lo más fuerte fue verla a mi mamá con sus lentes, su campera azul, su pelo blanco y su rosario como diciéndome «yo estoy con vos». Después, lo que me dijo Leda me quedó todo claro y con la fe y la energía renovada, sé que me va a ir bien. Voy a seguir yendo, creyendo y entregándome con toda la fe del mundo”, afirmó.
“Da muchísimo gusto acercarse a la catedral frente a un grupo tan carismático como este”. Celina se recuera de una operación de tiroides y solo pudo compartir con Soplo de Dios Viviente un martes. “Realmente llegan hasta las fibras más íntimas de nuestro ser. La música sana, la risa sana; es una cara nueva del catolicismo que estábamos necesitando”, subrayó sobre la “sanación” de Leda.
Por último -los testimonios llegan al centenar- las palabras de Sandra sobre su experiencia en catedral: “Con el correr de los martes, no solo me sentí parte, también empecé a descubrir a la Santísima Trinidad en mí, en mi vida, en señales. Los cantos de Leda son curativos, entro en comunión con el Espíritu Santo en mí. Comencé a orar a diario, noto cambios en mi vida y en mi bienestar. La bendición que recibo cada martes sacude impurezas, me queda una sensación de paz no conocida anteriormente”, expresó.
Lo sucedido el martes pasado en la basílica Nuestra Señora del Rosario reclama multiplicidad de lecturas, interpela la razón y sacude conciencias. Un fenómeno que para algunos puede generar incredibilidad, rechazo, incomodidad por su irrupción, pero que es inocultable.
Cientos de personas con necesidades diversas, exponiendo sus malestares, miedos e inseguridades, apelando a una fuerza divina para lograr vivir mejor. Una búsqueda loable en esta Rosario tan atravesada por la violencia, que a veces parece inanimada.
