El velorio de Evita fue uno de los más multitudinarios de la historia. Durante 16 días, cerca de tres millones de personas desfilaron frente a su féretro entre el Ministerio de Trabajo, donde se instaló la capilla ardiente, y el Congreso Nacional. Las filas se extendían por varias cuadras y hubo quienes esperaron más de diez horas bajo el frío y la lluvia para darle el último adiós.
La dimensión del homenaje fue tal que se agotó la producción nacional de flores y fue necesario importarlas desde distintos países de América Latina para acompañar el cortejo fúnebre, que también reunió a cerca de dos millones de personas en las calles de Buenos Aires.
Evita había impulsado una profunda transformación social desde la Fundación Eva Perón, promovió la construcción de hospitales, escuelas y hogares, fortaleció los derechos de los trabajadores y fue una de las principales impulsoras del voto femenino, conquistado en 1947. Su figura también despertó un fuerte rechazo entre los sectores antiperonistas, que incluso llegaron a celebrar públicamente el avance de la enfermedad con la recordada consigna «¡Viva el cáncer!», convertida con el paso del tiempo en uno de los símbolos más brutales del odio político en la Argentina.
Tras el golpe de Estado de 1955, su cuerpo fue secuestrado por la autodenominada Revolución Libertadora y permaneció desaparecido durante años, hasta que en 1971 fue entregado a Juan Domingo Perón en Madrid. Finalmente, en 1974 regresó a la Argentina y dos años más tarde fue inhumado en la bóveda de la familia Duarte, en el Cementerio de la Recoleta, donde permanece hasta la actualidad.
A 74 años de su muerte, las imágenes de aquel último discurso y las palabras con las que pidió al pueblo que acompañara a Juan Domingo Perón siguen siendo uno de los documentos políticos más recordados de la historia argentina y forman parte del legado de una figura cuya influencia continúa atravesando generaciones.