En verano, muchos encuentran un par cómodo y lo usan para todo: caminar, trabajar, salir, viajar. El problema no es el calzado en sí, sino la repetición constante sin alternancia, especialmente en una época de calor, transpiración y mayor exigencia para los pies.
Los pies tienen glándulas sudoríparas en gran cantidad. Cuando se usa siempre el mismo calzado, la humedad no llega a evaporarse del todo, incluso si parece seco por fuera. Esto favorece irritaciones, ampollas, mal olor y la proliferación de hongos.
Otro efecto poco visible es el impacto en la pisada. Cada tipo de calzado estimula de manera distinta los músculos del pie. Usar siempre el mismo modelo, sobre todo si es muy plano o muy blando, limita el movimiento natural y puede generar sobrecargas que luego se manifiestan en tobillos, rodillas o espalda.
El calor también vuelve más vulnerables a la piel y a las uñas. La fricción repetida en los mismos puntos aumenta el riesgo de lesiones, uñas encarnadas o engrosamientos dolorosos que muchas veces aparecen cuando el verano ya está avanzado.
Alternar calzado no significa usar opciones incómodas. Implica cambiar la estructura, el apoyo y la ventilación. Dejar descansar un par al menos 24 horas permite que se seque por completo y que el pie reciba estímulos distintos.
