Así aparecen las interpretaciones a flor de piel de «Mio Cristo piange diamanti» y «Sauvignon blanc», dos canciones que quizás no tengan la condición de hit que suele exigirse para que una gira de estadio funcione, pero que en esta noche no necesitaron pedir permiso para ocupar el centro de la escena. Y es que Lux tiene alma y vida a contramano de los tiempos que corren: está hecho para escucharse entero, en orden, sin la necesidad de saltar de una canción a otra en busca de ese estímulo inmediato que dure lo que tarda en aparecer el siguiente.
Que esa lógica haya sido trasladada a una gira mundial es, probablemente, una de las decisiones más interesantes de toda la experiencia. No solo porque Rosalía esté en condiciones de hacerlo, sino porque decide hacerlo justamente ahora, cuando podría darse el lujo de jugar a lo seguro. En el mejor momento de su carrera, elige arriesgar a piacere.
La orquesta, ubicada en el centro del estadio, es otra declaración de principios. Allí se instala Rosalía durante el cuarto acto para interpretar «Dios es un stalker», «La rumba del perdón» y una «CUUUUuuuuuute» poderosa, hipnótica y frenética también desde lo visual. Mientras tanto, en el escenario principal, una gigantesca pantalla se abre y se cierra para marcar los límites de cada acto, como si el espectáculo necesitara recordarnos que, además de recital, estamos ante una obra deliberadamente dividida en capítulos.
Rosalía usó múltilples vestuarios durante la noche
Delfina Pignatiello
Y entonces llega el tramo final. «Focu ‘ranni» funciona como un último estallido del set principal, con una fuerte intervención de los bailarines, antes de que Rosalía se corra de la lógica más obvia del bis grandilocuente. Porque después de casi dos horas de despliegue, luces, orquesta, bailarines, vestuarios y una pantalla gigante haciendo de telón, podría haber elegido terminar arriba, bien arriba. En cambio, elige «Magnolias».
Y ahí está quizás la mayor demostración de todo lo que propone Lux. Rosalía queda sola sobre el escenario principal. Sin una sobrecarga de recursos, sin convertir la despedida en una final de campeonato, sin necesitar un último golpe de efecto que compita con lo que acababa de suceder. Simplemente respeta el orden y el espíritu del disco: si «Magnolias» es el último tema de Lux, también puede ser el último tema de la noche.
La decisión tiene algo de temerario y, justamente por eso, resulta tan efectiva. La canción no busca cerrar el recital con una explosión: lo termina. Que parece lo mismo, pero no lo es. Y quizás esa diferencia explique por qué más de un presente terminó en lágrimas. No como respuesta a una maniobra emocional evidente, sino ante la sensación bastante menos frecuente de haber asistido a algo que, durante un rato, consiguió suspender las reglas habituales de un recital masivo.
Porque en un show donde una artista toca 14 de las 18 canciones de un disco conceptual, apenas siete del resto de su repertorio y un cover, y el público no deja prácticamente momentos de silencio o de poca atención a lo que está sucediendo, no hay mucho más que agregar. O sí: que la apuesta funcionó.
El éxtasis, entonces, no fue solamente una forma poética de describir lo que ocurrió dentro de la Arena. Fue la consecuencia de una artista que entendió que todavía se puede hacer algo difícil en tiempos de escucha fragmentada: construir un mundo, pedirle al público que entre y, durante casi dos horas, conseguir que nadie tenga demasiadas ganas de salir.
Y cuando todo terminó, Buenos Aires volvió a ser Buenos Aires. La noche fría, la Avenida Juan B. Justo, la gente caminando rápido en busca de un auto, un colectivo, un taxi o algo para comer. El ritual parecía terminado. Pero Rosalía todavía tenía una última reliquia para entregar.
De improviso, bajó de su camioneta y se acercó a saludar a quienes todavía permanecían cerca de la Arena. Una escena pequeña después de un espectáculo gigantesco. Casi doméstica. Como si después de haber entregado el corazón durante dos horas pudiera todavía regalar unos segundos más.
«Mi corazón nunca ha sido mío, yo siempre lo doy», había cantado al principio.
Y vaya si cumplió.