Al sacar un collar de un cajón o de un joyero, puede ocurrir que aparezca convertido en un pequeño ovillo de nudos. La primera reacción suele ser tirar de los extremos para separarlos, pero esa fuerza puede ajustar todavía más el enredo o incluso deformar los eslabones. Para resolverlo, lo mejor es trabajar sobre una superficie plana, con buena iluminación y sin apurarse.
Un truco sencillo consiste en apoyar la cadena sobre una mesa y observar dónde se encuentra el nudo más compacto. En lugar de intentar estirarla desde los dos extremos, conviene sujetar suavemente la parte enredada y mover sus bucles con la punta de los dedos para aflojarlos. Cuanto menos se tire de la pieza, más fácil será identificar qué tramo pasa por encima de otro.
Si el nudo está muy ajustado, una aguja fina o un alfiler pueden ayudar a separar los eslabones, siempre que se trabaje con mucho cuidado. La punta debe utilizarse para aflojar suavemente las vueltas desde el centro hacia afuera, sin tirar ni ejercer presión excesiva. En cadenas muy finas o piezas delicadas, conviene evitar este recurso si existe riesgo de rayar el metal o deformar los eslabones.
Una vez que el nudo comienza a aflojarse, conviene liberar cada vuelta de a poco, en lugar de intentar estirar toda la cadena de una sola vez. Cuando finalmente se separa, se puede extender la pieza sobre la mesa para comprobar que no queden otros puntos trabados. Si el metal parece deformado, hay eslabones abiertos o el nudo no cede, lo más prudente es recurrir a una joyería antes de insistir.
Para evitar que vuelva a ocurrir, también importa la forma de guardar los accesorios. Las cadenas pueden mantenerse separadas en compartimentos, bolsitas individuales o colgadores pequeños. Otra opción es pasar cada pieza por una pajita fina, siempre que el tamaño y el diseño lo permitan, para impedir que se formen vueltas sobre sí mismas. En collares con dijes grandes o materiales delicados, es preferible elegir un sistema de guardado que no los fuerce.
