«¿Quién quiere ser miserable?», de E. Marilyn Aguirre

Escuchar esta noticia
Powered by Estudios Max
x1

Imagen.png

¿Quién quiere ser miserable?

El pueblo de La Curva llevaba su nombre porque no tenía más identidad que la curva cerrada de la ruta 34 que lo estrangulaba como un lazo apretado. Era un lugar donde las casas, construidas con ladrillos que parecían desmoronarse al simple paso del viento, se apilaban como dientes cariados en una boca olvidada. Las calles de tierra se convertían en lodazales interminables con la primera lluvia, tragándose los pasos de los pocos que se atrevían a caminar por ellas. Los postes de luz tambaleantes proyectaban sombras largas y torcidas, como esqueletos que habían olvidado cómo caerse.

El aire olía a humedad rancia y cenizas de cosechas quemadas. Los perros vagabundos, con costillas marcadas y miradas de desesperanza, eran los verdaderos dueños del pueblo. La única escuela tenía ventanas rotas que nunca nadie reparaba, y el único bar servía más tristeza que alcohol. La iglesia, con su campanario inclinado, era un refugio para los murciélagos más que para las almas perdidas.

La gente del pueblo llevaba sus miserias en el rostro: piel curtida por el sol y manos endurecidas por trabajos que parecían no tener fin ni sentido. Las conversaciones eran susurros llenos de resignación, y las risas, si alguna vez surgían, eran más crueles que alegres. Era un lugar que existía no por elección, sino por la incapacidad de irse. Aquí, donde los años se medían por las muertes y no por las cosechas, un día cualquiera el circo llegó.

La caravana era un desfile patético de camiones ruinosos y carpas agujereadas. El gran cartel, medio inclinado, prometía: “El Circo del F…”. La gran carpa, de un rojo mugriento, se levantó con esfuerzo, como quien alza un cadáver. Y aún así, su sola presencia era suficiente para arrancar del pueblo una ansiedad tan cercana al miedo como a la esperanza.

Allí estaban ellos: un león esquelético cuyo rugido sonaba como un gemido de muerte; un elefante con costras en la piel y ojos apagados; la mujer barbuda, de presencia imponente y mirada como un cuchillo; y un enano que disparaba bromas crueles con una sonrisa amarga que nunca tocaba sus ojos. Otros personajes completaban el desfile de decadencia: un forzudo con cicatrices que narraban historias de derrotas, una domadora de serpientes que susurraba plegarias mientras acariciaba a sus criaturas, y un ilusionista cuyas manos temblaban, incapaces de ocultar su fracaso.

La primera noche, la carpa se llenó. Todo el pueblo acudió, no tanto por entusiasmo, sino por la morbosa curiosidad de presenciar algo más miserable que ellos mismos. Sentados en bancos tambaleantes, observaron actos que rozaban el ridículo y aún así no podían apartar la vista. Pero lo que trajo el circo no fue entretenimiento; fue un virus, una grieta en la rutina opaca del pueblo.

Era como si la llegada del circo hubiese descorrido un velo, exponiendo un hedor que siempre había estado allí pero que todos fingían no percibir. Los días comenzaron a deformarse, perdiendo su monotonía crónica. Las rutinas de misa, trabajo y taberna se diluyeron en un torbellino de incertidumbre. Los hombres, que solían consumir sus vidas en el lento desgaste del campo, ahora pasaban horas enteras rondando la carpa o espiando entre los agujeros de la lona, buscando algo que no sabían nombrar. Las mujeres murmuraban entre dientes, inventando historias de pactos demoníacos y desgracias venideras, mientras los niños comenzaban a imitar los gestos grotescos de los artistas.

Era un contagio invisible, más peligroso que cualquier enfermedad física. El tiempo pareció trastabillar; los días se alargaban, un chicle masticado interminable, y las noches caían con un golpe seco. La moral del pueblo, ya quebradiza, empezó a resquebrajarse. Los viejos discutían con un fervor desconocido sobre las causas del bloqueo en la ruta, cada teoría más absurda que la anterior. Las peleas en el bar se volvieron cotidianas, y los golpes reemplazaron a las palabras. Pero lo más inquietante era el silencio que seguía a cada noche de espectáculo: un silencio pesado, como si el pueblo entero contuviera el aliento, temiendo lo que pudiera venir después.

En medio de este caos silencioso, sobresalía la figura de Agustín, un hombre con los hombros caídos por el peso de una resignación que llevaba a cuestas desde que se casó con Eugenia, una mujer cuya dulzura inicial había mutado en una frialdad aterradora.

Eugenia tenía una forma de hablar que cortaba como un cuchillo, cada palabra cargada de veneno envuelto en una sonrisa impecable. Sus ojos, siempre fijos, parecían buscar algo más allá de las personas, como si estudiara qué tanto podría desarmarlas.

Agustín había aprendido a sobrevivir con pequeñas dosis de felicidad impostada: un mate amargo en la tarde, el crujir de la leña en invierno, el murmullo del viento entre los árboles. Pero Eugenia, con su risa seca y su habilidad para encontrar el punto exacto de dolor en los demás, parecía dedicada a borrar hasta esos momentos.

—¿Qué te parece, Eugenia? —preguntó Agustín mientras se acomodaba en el desvencijado sillón de la sala.
Ella ni lo miró. Estaba más interesada en raspar las manchas de una cuchilla que había dejado sobre la mesa.

—¿Un circo? Otro puñado de fracasados intentando exprimir lo poco que nos queda. Me encanta la ironía.

Agustín esbozó su habitual sonrisa de resignación. Para él, cada nuevo día era una especie de milagro aburrido, y el circo, con toda su decadencia, era algo por lo menos distinto.

Cuando la función inaugural iluminó la noche, el pueblo entero se reunió bajo la lona roja, remendada y sucia. Las luces del escenario parpadeaban como si tuvieran un principio de epilepsia, y el maestro de ceremonias, un hombre delgado con un bigote ridículo, proclamó con voz grave: “¡Bienvenidos al Circo del Fin!”. Nadie reparó en el nombre, demasiado embelesados con el desfile de rarezas.

El acto del león fue un desastre; apenas se movió. El enano malabarista lanzó pelotas con una torpeza hilarante, y la mujer barbuda cantó una árida versión de “La Cumparsita”. Pero lo más raro ocurrió al día siguiente. El camino que conectaba La Curva con el resto del mundo apareció bloqueado por terraplenes de tierra. Ningún aviso, ningún motivo. Simplemente, un muro de aislamiento.

—¿Qué creés que pasa? —preguntó Agustín, con su habitual tono de curiosidad mansa.
Eugenia lo miró con sus ojos fríos.

—Una peste. O un golpe de estado. Algo malo. Siempre es algo malo.

Los días pasaron, y la presencia del circo comenzó a invadir el pueblo. El enano se instaló en la cantina, deslumbrando a los parroquianos con historias de ciudades lejanas. La mujer barbuda organizó un club de lectura, y el maestro de ceremonias se autoproclamó alcalde provisional. El elefante ayudó en la construcción de un molino, y el león… bueno, el león simplemente dormía en la plaza principal.

Eugenia observaba todo desde su ventana, con una mezcla de desprecio y fascinación.

—Son una pandilla de idiotas —comentó un día—. Pero al menos tienen más personalidad que este pueblo.

Agustín, mientras tanto, se había unido al circo como ayudante. Su tarea principal era sostener las pelotas del malabarista y sonreír al público.

—Es divertido —le dijo a Eugenia una noche—. Por primera vez, siento que hago algo diferente.

Eugenia le lanzó una mirada cargada de sarcasmo.

—¿Diferente? Hacer el ridículo en lugar de ser un simple mediocre. Bravo, Agustín.

El verdadero quiebre llegó cuando Eugenia, por razones que nadie pudo comprender, decidió unirse al circo. Se pintó el rostro de blanco y se proclamó “la mujer sin alma”, un personaje que daba discursos cínicos sobre la inutilidad de la existencia. Fue un éxito instantáneo.

Pero entonces, el circo comenzó a cambiar. Los terraplenes crecieron, las luces del escenario brillaban más intensamente y los actos se volvieron más siniestros. Una noche, el maestro de ceremonias anunció un nuevo acto: “El matrimonio perfecto”. Eugenia y Agustín fueron llamados al escenario.

El pueblo los vitoreó mientras los obligaban a participar en una grotesca parodia de boda. Eugenia, con su habitual frialdad, se dejó llevar. Agustín, en cambio, temblaba como una hoja.

—¿No es esto lo que siempre quisiste? —le susurró Eugenia, con una sonrisa venenosa.

Cuando la ceremonia terminó, el maestro de ceremonias hizo una única declaración:

—El circo nunca se va. Y ahora, ustedes tampoco.
El público estalló en aplausos. Nadie cuestionó el significado. Fuera de los terraplenes, el mundo se desdibujaba. Dentro, la locura del circo era la nueva normalidad.

Texto: E. Marilyn Aguirre.

Otras obras

«El peso del vacío»

«Rabia, flores y una pila de recuerdos podridos»

Déjanos tu comentario